Caminar sobre las piedras nos hace crecer.
Tod@s hemos tenido en nuestro corto o largo camino educativo algún maestro o maestra del que conservamos un recuerdo especial. Es como si su presencia (más que la materia que impartía) hubiera dejado una profunda huella en nuestro ser. Esta huella tiene un gran valor vital para nosotros, porque significa que aquel profesor o profesora, nos vió tal y como éramos, respetó nuestro ser y fue capaz de inyectarnos confianza en nosotr@s mism@s. En resumidas cuentas, tod@s tenemos un@ o vari@s profesores que nos han marcado, porque supieron darse como personas y nos trataron no como "alumnado a calificar", sino como a personas a las que acompañar en su desarrollo vital.
Si analizamos esa huella que algun@s maestr@s nos dejaron, nos damos cuenta que no está compuesta por un cúmulo de fórmulas matemáticas, ni retahilas de análisis gramaticales. No eran los contenidos lo importante, ¡qué va! era su presencia activa, capaz de hacernos sentir ÚNIC@S en el aula. Yo he tenido la suerte de tener varios de estos maestros y maestras, en diferentes niveles de mi paso por la enseñanza reglada y han sido para mi un referente. De forma intuitiva he recogido lo que ellos me transmitieron: esa sinceridad en el aula, esa capacidad de escuchar y valorar al alumnado, esa paciencia...
Hay realmente profesores y profesoras excelentes, pero abducidos por un sistema educativo cadudo, que agoniza. Los informes de evaluación externa de nuestro alumnado ponen de manifiesto una y otra vez, como si de un chequeo al moribundo se tratase, que algo profundo falla. Está claro que este algo no será corregido con ninguna reforma política que siga centrada en los contenidos y en la parcelación en materias o áreas, como si la persona fuera un puzzle que se puede construir con piezas sueltas. No, ninguna reforma educativa puede dictarle al profesor o a la profesora cómo debe mostrarse o darse a su alumnado ni cuáles deben ser las relaciones emocionales en el aula, solo si el profesor es libre podremos tener una escuela que eduque a personas libres. Ninguna reforma educativa se preocupa por respetar al propio docente, pues se le ha despojado de la confianza sobre qué y cómo debe educar, cómo debe evaluar y ser evaluado... No, está claro que algo anda bastante podrido en este sistema.
¿Qué podemos hacer entonces? Hay ya alternativas a la educación reglada, cada vez mejor fundadas, ¿debemos abandonar la escuela pública y dedicarnos a la docencia "alternativa"? ¿Debemos expropiar a nuestros hij@s de esta eduacación por las desventajas que tiene sobre su integridad personas? ¿Podemos cambiar realmente este sistema?
Mi pre-ocupación actual va más allá del propio sistema, pues ya que estoy dentro de él tengo la opción y, en mi caso, la responsabilidad moral de transformarlo. El sistema en sí ha dejado pocos resquicios para la innovación (bien entendida, pues la incorporación de las nuevas tecnologías -TIC- no implican necesariamente "innovar"). Sin embargo, y pese a todos los condicionantes, el aula sigue siendo el espacio en el que alumnado y profesorado se encuentran, momento único e irrepetible. Este momento, es la ocasión perfecta para poder sentir "la magia", para compartir "con pasión" aquello que pensamos, creemos, soñamos, sentimos. Es el espacio en el que permitir la expresión libre, sin miedos ni vergüenzas a equivocarse, a no saber, a no estar a la altura... (sensaciones que el alumnado ha ido acumulando después de su paso durante algunos años por la enseñanza). Cuando l@s alumn@s te humanizan, cuando has conseguido empatizar con ell@s aparecen verdaderos lazos de respeto, no basados en las amenazas, el autoritarismo o el miedo, sino en el afecto, que son el mejor caldo de cultivo para aprender mutuamente. La alumna y el alumno que ha sentido esto puede "caminar sobre las piedras".
Al parecer esta práctica que a mi me gusta llevar al aula, aunque no siempre es posible, está más cercana a la educación holística que al cualquier otra metodología o filosofía educativa.
En mi caminar personal, también he descubierto a través del arte: pintura, escultura, teatro, escritura... que el desarrollo de la creatividad, tiene un valor terapéutico, que puede ser adecuado a cualquier edad. A través del arte podemos expresarnos tal y como somos, podemos indagar en nuestras emociones, sacarlas a flote, podemos descongestionar nudos y bloqueos, podemos "fluir" y reencontrarnos como seres completos.
El arte, la creativididad, debe formar parte de la educación, porque toda educación es en definitiva preparar a la persona para vivir una vida plena y productiva. Es un viaje, un camino, de descubrimiento personal, de enriquecimiento. Parece que esta es la meta de cualquier sistema educativo de calidad, sin embargo, mientras el enfoque siga centrado en los conocimientos (en la cantidad de piedras sobre las que se camina en vez de en el proceso mismo de caminar), las ventajas de la educación holística seguirán siendo inadvertidas.

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